viernes, 20 de junio de 2014

Los zapatos

Yo tenía unos zapatos marrones. Eran algo modernos, creo que comprados en Francia. No necesariamente hechos en Francia, pero quien era mi suegro en aquel momento, los había comprado allí. No se si no le gustaban, o si simplemente no le quedaban, pero me los regaló. Jamás un par de zapatos podría hacerme feliz, soy partidario de las zapatillas, pero lo acepté con gusto.

Me los calcé, y luego de cuatro años de noviazgo, rompí la relación. No se si ella ya no me gustaba, o si simplemente ya no me quedaba bien, pero terminé haciendo lo mismo que había hecho su padre con los zapatos que ahora eran mis zapatos.

Un mes después, ella me buscó muy temprano a la mañana. Hacía frío, y a una cuadra de mi trabajo, apareció caminando hacia mí. Fue una charla brevísima, yo ya había cerrado esa puerta; pero por la cerradura, ella metió un último comentario antes de despedirse. Me miró los pies y me dijo con satisfacción “tenés puestos los zapatos de mi papá”. Me avergoncé y solamente pude afirmar.

Tendría que haberme sacado los zapatos en medio de la calle y llegar a la oficina en patas. Lo se ahora. Por la cerradura, ella introdujo un conjuro que quedó encerrado dentro mío. Años después, regalé los zapatos al padre de alguien que fue mi novia, y luego me desecharon como a unos zapatos viejos. Y pude sentir el dolor de no valer nada.


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